martes, 21 de julio de 2020

‘ATMÓSFERAS’, DE DANIEL ARAGONESES. UNA LECTURA DESDE LA PERSPECTIVA DE LA CUARTA DIMENSIÓN.

               
                                          Daniel Aragoneses. 'El abrazo'. Acrílico sobre lienzo, 116 x 89 cm 

El interés hacia el hecho plástico, la versatilidad de sus manifestaciones que se imbrican conformando el campo de la visibilidad, llegando incluso a inmiscuirse y condicionar nuestras vidas, ha hecho que Daniel Aragoneses compaginara, desde hace años, desde una posición humanista, el cultivo de la pintura con su carrera profesional como arquitecto. Una posición, con todo, de la que parte haciéndose una serie de interrogantes, como es aquello mismo que llamamos visibilidad, cuya indagación en la pintura, tal como se reseña en el catálogo de su exposición ‘Atmósferas’, en Galería Orfila, le ha permitido trabajar con la libertad propia de la ausencia de elementos parametizables que caracterizan, y condicionan, la práctica cotidiana de la arquitectura (1).

Es quizás, sin embargo, el espacio como volumen -cuestión que atañe de manera especial a la arquitectura -, la principal preocupación de su pintura, toda vez que, desechado el canon del arte clásico desde el Renacimiento y su recreación ilusionista de las tres dimensiones, afronta una nueva problemática al optar por la frontalidad y la superficie del cuadro entendida como campo abierto, sin límites, del expresionismo abstracto, ateniéndonos a la formulación enunciada en su día por el crítico norteamericano Clement Greenberg. Su predilección por la serenidad de dichas superficies, frecuentemente a base de variaciones tonales o superposiciones cromáticas a partir de un color principal, una contenida sobriedad que coadyuva a la práctica eliminación de elementos sígnicos o gestuales, le emparentan con la "pintura de campos de color” (Rothko, Newman…), última fase de ese movimiento, tanto por la prefiguración de las premisas minimalistas y, a su través, de la abstracción postpictórica anunciados en ella, como por el sentido místico o extático que dimana de su contemplación, aspectos ambos muy presentes en la obra de Aragoneses.

           Mark Rothko. Nº14 (1960). Óleo/tela, 290,83 x 268,29 cm. SFMOMA. San Francisco (Estados Unidos).


Este subjetivismo expresionista, que apela a las emociones, estados de ánimo o sensaciones del espectador, sustituye, como decimos, la tridimensionalidad en la representación convencional del espacio en las artes figurativas por una abstracción al intentar trasladar la percepción del volumen, el cual no deja de ser, asimismo, un elemento subjetivo que “flota” entre la aparente planitud de la superficie pictórica y la temporalidad de la mirada del sujeto que la contempla. Un factor temporal que no es aprehensible en términos cuantitativos, pero que resulta fundamental en la concepción del espacio, como ocurre en el caso de la arquitectura, en la que los volúmenes creados por ella están destinados a ser habitados, “vividos” por las personas; un aspecto existencial que se revela en el mismo recorrido o movimiento dentro de ellos, siendo al fin y al cabo el tiempo el que les otorga su carácter logrado u oportuno y, en último extremo, funcional.

Daniel Aragoneses. 'El nicho del alma'. Acrílico sobre lienzo, 110 x 110 cm

Nos estamos refiriendo a la cuarta dimensión, un concepto o idea que surge y se expande, a principios del siglo XX, desde la geometría no euclidiana y que llega a adquirir una tremenda popularidad e impacto en la cultura y en las artes, desde el cubismo y el futurismo -al añadir el factor tiempo a la representación de los objetos en el espacio y su visión simultánea o desde múltiples puntos de vista derivada de ello -, a sus varias e imaginativas lecturas desde la ciencia ficción y el esoterismo. Incluso un autor, Ouspensky, sumó la teosofía -una de las corrientes de este último -, junto a la entonces reciente validación de la existencia de otras dimensiones posibles por la teoría física de la relatividad de Einstein, al postulado de Kant de que el espacio era, en realidad, una proyección de nuestra conciencia que nada tenía que ver con su verdadera conformación, siendo, por tanto, la sensación la única forma veraz de percibirlo. Esta ecléctica teoría, que cifraba en este despertar de la conciencia y el total desarrollo de las capacidades psíquicas el futuro nacimiento del hombre nuevo, tuvo un gran impacto en el suprematismo de Malevich, que entendía por tal la supremacía de la sensibilidad pura hasta arrumbar cualquier representación figurativa, llegando a una gramática básica de la percepción, de la que su obra “Cuadrado negro sobre fondo blanco”, de 1915, es su más claro ejemplo, siendo el blanco la suma de todos los colores, el ser, y el negro su ausencia, el no ser; síntesis de esa máxima expansión de la receptividad a la que aspiraba y, como se sabe, precoz preludio de la concisión espacial del arte minimalista.










         Malevich. 'Cuadrado negro sobre fondo blanco'. 1915. Óleo sobre lienzo, 79,5 x 79,6 cm

Como también tuvo la teoría de la cuarta dimensión, en el caso que nos ocupa, un largo recorrido entre los surrealistas y su automatismo, y la influencia de éstos en el nacimiento de expresionismo abstracto norteamericano a raíz de la emigración a ese país, durante la II Guerra Mundial, de algunos de sus principales componentes. Es el caso de Roberto Matta, entre otros, quien a su vez influido por Ouspensky, evolucionó desde un surrealismo semifigurativo o cubistizante inicial a una progresiva tendencia hacia la abstracción en la que pretendía dar cabida a dimensiones paralelas o desconocidas, de otro modo intraducibles o imperceptibles. Max Ernst, por otro lado, aportaría a aquellos jóvenes artistas las posibilidades del azar, la plena libertad en el proceso de ejecución de sus pinturas, al introducir técnicas automáticas como el ‘grattage’ o el ‘frottage’, de las que derivarían otras, ya de su propia invención, como el ‘dripping’, en el caso de Pollock. Algunas de ellas, adaptadas o tomadas directamente, las encontramos también en la pintura de Daniel Aragoneses, ratificando su devoción por esta corriente, pero más allá, y en relación con éstas, también varias de las implicaciones metafísicas, asociadas con la cuarta dimensión, provenientes del surrealismo, a que nos hemos venido refiriendo. Técnicas, al fin, que, de manera procesual, equiparan movimiento temporal y realidad física -el cuadro en transformación -, tal podría sintetizar el título del artículo “La Petrificación del Tiempo” (2), de 1942, del pintor surrealista Oscar Domínguez y de un joven Ernesto Sábato, Doctor en Ciencias Físicas, que disfrutaba entonces una beca en el Instituto Curie de París. Artículo en el que exponen su teoría de inspiración científica sobre las “superficies litocrónicas”: literalmente, la posibilidad de petrificar el tiempo en la transición al estado sólido por cristalización espaciotemporal del objeto a través de una superficie capaz de recoger todos los pasos recorridos entre dos momentos temporales dados. No en vano, el canario Oscar Domínguez, inventor a la sazón de la técnica automática de la decalcomanía, lograría con ella una aproximación creíble a ese paisaje volcánico característico de sus islas, cuyas caprichosas formaciones de lava no dejan de ser también, por la acción conjunta de los elementos, justamente, tiempo petrificado.





Roberto Matta. 'Morfología psicológica'. 1939. Óleo sobre lienzo, 72,4 x 92 cm


Oscar Domínguez. Decalcolmanía. Gouache sobre papel, 17 x 17 cm


Daniel Aragoneses. 'Akh'. Acrílico sobre papel encolado sobre tabla, 69 x 48 cm
                                                                                                                                                                 

Aragoneses se sirve a su vez, si bien de manera puntual, de la decalcomanía, estableciendo una suerte de sinapsis sobre la superficie de sus cuadros, acaso destellos momentáneos con las que interactúa la propia psique del espectador, mientras otros efectos, tal los chorreos de pintura o las cesuras que se abren hueco en superficies en apariencia monócromas, aun ricas de texturas y transparencias, aluden a una espacialidad atmosférica, sensorial, pero no física, que tiene en todo caso que ver con el aire que respiramos, en tanto seres neumáticos que somos: el ‘neuma’, que para los antiguos griegos hacía equivaler la respiración con el espíritu. Dos momentos o lapsos de tiempo, el de inhalar y expirar, que son a su vez los dos puntos extremos entre los que se desarrolla una vida: los del nacimiento y la muerte. Se comprende que el azar haya hecho que su exposición, ‘Atmósferas’, coincidiera con los momentos terribles de la pandemia que estamos padeciendo; que Daniel Aragoneses la haya querido dedicar, como su pequeño gran homenaje, a todas sus víctimas, a todos los que se nos han ido, con este recordatorio que lo es de la fluidez y lo efímero del tiempo, del aire que todos respiramos y compartimos.


Daniel Aragoneses. 'Raíces al cielo'. Acrílico sobre papel, 40 x 28 cm


(1) ‘Atmósferas’. Daniel Aragoneses. Galería Orfila, 15 de junio a 17 de julio de 2020. 


(2) Oscar Domínguez y Ernesto Sábato, “La Petrificación del Tiempo”, en La Conquista del Mundo por la Imagen, París, 1942.



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