jueves, 21 de julio de 2022

LETICIA VARELA: ‘CIRRUS'. FOTOGRAFÍAS DE LO SUBLIME.

 

 'Ker'. 2018. Fotografía impresión en dibond, 80 x 60 cm

                           
  

«El mejor destino que hay es el de supervisor de nubes, acostado en una hamaca mirando al cielo.»

Ramón Gómez de la Serna

 

Algo comparte la “nubología” de la serie ‘Cirrus’ (que Leticia Varela presenta por primera vez en una exposición, en Galería Orfila*) con esa candorosa y benévola atracción que siempre sintió Ramón hacia las cosas pequeñas, a pesar de su insignificancia o humilde condición, como fértiles disparaderos de la imaginación y mágicas puertas abiertas a una realidad que no por cotidiana, trasegada y trivial –o aun quizás, precisamente por eso -, deja de contener tesoros para aquellos que los sepan ver. Con la mirada limpia y desprejuiciada, por ejemplo, de un niño, con el mismo asombro y ensimismamiento con que esta artista contemplaba las nubes tumbada en la hierba de su jardín durante su infancia. Una mirada inspiradora que ahora lleva a la fotografía en esta serie, siendo fiel a los principios de este medio, en el que, a diferencia de la pintura, el autor no inventa o crea nada ex novo, sino que se limita a mostrar la realidad desde su propio punto de vista, a interpretarla, en tanto entidad preexistente. Un sobrio acercamiento, como decimos, que no excluye la fantasía y la imaginación, como ocurre en este caso, pues las nubes, volátiles y caprichosas, están bien preñadas de ellas. Resulta así que, ante la inmensidad del cielo, los pequeños e insignificantes somos ahora nosotros, sus observadores, invirtiéndose los términos ramonianos a que hacíamos alusión, si bien, en el fondo, ello no supone alteración sustancial alguna en su sugestión poética: la capacidad del sujeto de conferir o descubrir el misterio y la magia inmanentes en los objetos.

Con ello nos introducimos en un concepto que bien puede servir de hilo conductor para acercarnos a esta exposición, tal es la idea de lo sublime. Una categoría estética que encontró su despliegue teórico en autores del siglo XVIII, Kant entre otros, que la define como aquel efecto que produce en nosotros “lo que es absolutamente grande”, un exceso que sobrepasa la capacidad de nuestros sentidos hasta el punto de producirnos temor; la agitación y sensación de desmesura que experimentamos al contemplar los fenómenos de la naturaleza, bien distinto del placer que produce la tranquila contemplación de la belleza, que es la forma contenida, limitada, humana, adaptada a nuestras capacidades ordinarias de percepción, mientras, al contrario, lo sublime desborda la forma, dirigiéndose al infinito. De todo ello se deduce la íntima imbricación de lo sublime con aquello que tiene relación con nuestra interioridad, el mundo de las emociones, con nuestra propia subjetividad, alentando nuestros temores ante una realidad exterior que se nos presenta inestable e inasible, pero que, a su vez, también nos acucia a adoptar una actitud consciente o crítica para afrontar tales peligros, al avivar ese instinto básico que es el de supervivencia, o bien a sublimarlos, vía la excelsitud que produce la unión con esas fuerzas excesivas de la naturaleza, tal ocurrió en el inmediato Romanticismo. En su pintura, precisamente, podemos hallar algunos precedentes de las fotografías de Leticia Varela. Así, nos viene inmediatamente al recuerdo la pintura atmosférica de Turner, su captación de los distintos estados del cielo y de las nubes en continuo movimiento, fusionando para ello la luz y el color, pero sobre todo el reflejo de nuestros estados de ánimo en esos cielos ora arrebolados y tormentosos, ora apacibles y calmos, que se proyectan o se funden de este modo con la misma naturaleza, en esa vía abierta hacia la expresión de nuestra subjetividad. Es el mismo sujeto que, de espaldas, contempla extasiado la inmensidad -esta vez silente y estática - de la naturaleza en el célebre cuadro de Caspar David Freidrich, ‘Caminante sobre un mar de nubes’, icono del romanticismo y de cuya persistencia en nuestro imaginario acaso sea una muestra la fotografía de Leticia Varela titulada ‘Eos’, en la que, si bien ha desaparecido toda presencia humana, su planteamiento compositivo rememora aquel horizonte inconmensurable, la sensación de infinitud, pues incluso lo que eran acerados y elevados riscos en el paisaje alpino del pintor alemán, aparecen ahora sustituidos, casi al pie de la letra, por gigantescos cumulonimbos de escala y grandiosidad semejante. Una fotografía, adelantamos ya, que es la única de la serie que cabe considerar aproximadamente realista, en la medida que es posible reconocer los elementos naturales -la variedad de nubes descrita – que en ella aparecen, como también lo es el efecto de perspectiva que la identifica como paisaje, aunque se trate de una vista aérea, algo no habitual dentro del género. 

Caspar David Freidrich. 'Caminante sobre un mar de nubes'. 1918.  

 

'Eos'. 2019. Fotografía impresión en dibond, 80 x 60 cm
 

Efectivamente, el resto de las fotografías de ‘Cirrus’ tienden, por lo general, hacia una abstracción que es tanto el resultado de esa visión subjetiva con que la fotógrafa afronta el tema tratado en esta serie, como de la proyección emocional que se deriva de ella, alterando y fragmentando los encuadres al mostrar las nubes, que no resultan, de este modo, muchas veces inmediata o directamente reconocibles, además de recurrir digitalmente a contrastes de color, sea elevándolos o, por el contrario, asordándolos como si se tratara de fotografías nocturnas, llegando casi a la monocromía. De resultas, sus fotografías colindan en ocasiones con la pintura informalista, si bien sirviéndose exclusivamente en ellas de los recursos del medio fotográfico. Lo que ocurre –y que ella explota – es que el objeto de sus fotos, las nubes, son informes por antonomasia, mientras que la subjetividad de la que hace alarde, las emociones que quiere transmitir al espectador, tienden un puente con ese movimiento pictórico en concreto, así como, en términos plásticos y expresivos, con la abstracción en general. Quizás el hecho de ser consciente del impacto que tuvo el informalismo en la conformación de nuestra mirada contemporánea, incorporándolo de alguna manera a su obra, sea lo que le diferencia del gran precedente de este tipo de fotografía que fue Alfred Stieglitz, a quien, por otra parte, podemos considerar innegablemente como su maestro y precursor, tanto por los caminos que abrió para la fotografía como arte autónomo y autosuficiente, toda vez que, en adelante, habría de servirse de sus propios medios y recursos (rompiendo así con la tradición “pictorialista” que, a la postre, no iba sino en su desmedro), como en esa misma concepción abstracta que inauguró para ella, precisamente en aquella serie a que dio por título ‘Equivalents’ (1923-1931): fotografías de nubes sin equivalente referencial o paisajístico alguno, a no ser las emociones que el propio autor era capaz de transmitir a través de ellas.

 

'Héspero'. 2019. Fotografía impresión en dibond, 60 x 90 cm

'Artemisa'. 2018. Fotografía impresión digital, 60 x 45 cm

 

Alfred Stieglitz. 'Equivalents'. Fotografía, 1923 
 

Pero el abordaje desde lo sublime de esta serie fotográfica de Leticia Varela, el tipo de emociones y preocupaciones que quiere transmitir, tienen relación con la ecología, el cambio climático y las directas consecuencias de la actividad humana sobre el mismo. El mismo nombre de la serie, ‘Cirrus’, lo toma prestado del de un programa estadounidense que, el 13 de octubre de 1948, se llevó a cabo para tratar de desviar la trayectoria de un huracán, dirigiéndolo, en vez de mar adentro según los cálculos previstos, hacia la costa, con consecuencias catastróficas para los que allí habitaban. Así, la siembra artificial de nubes con el objeto de provocar la lluvia o prevenir el pedrisco sobre las cosechas, entre otros fines de carácter fundamentalmente extractivo y dudosamente sostenible, se lleva a cabo en la actualidad especialmente sobre el tipo de nubes denominadas cirrus, las de mayor altitud, compuestas por cristales de hielo, en forma de bandas finas y deshilachadas, que, al localizarse en las latitudes medias y bajas, son importantes reguladores del clima, además de actuar a modo de paraguas, contribuyendo a frenar decisivamente el calentamiento terrestre. Estas intervenciones son objeto de un intenso debate entre expertos y organismos científicos, por cuanto pueden llegar a tener un efecto totalmente contrario al buscado, destruyendo a medio plazo la proliferación de estas nubes y con ello, también, su gran capacidad de absorción del CO2, uno de los principales causas de la actual elevación de las temperaturas (1). Estas siembras de nubes son reflejadas en algunas de las fotografías de esta serie, que Leticia Varela compone dramáticamente, por ejemplo, a través de rojos intensos, de poderoso impacto, y vienen a complementar otra de sus series, “Campectonia”: fotografías del mar, pero en estados y formas que no le corresponden debido al calentamiento global.

 

'Ares'. 2018. Fotografía impresión en dibond, 40 x 60 cm

'Gea'. 2013. Fotografía impresión en dibond, 40 x 60 cm


Al cabo, estos proyectos fotográficos de Leticia Varela desarrollan por medio de una operación subjetiva de carácter simbólico (como las deidades griegas que dan titulo a las fotografías de su serie ‘Cirrus’, evocación de un tiempo en el que el ser humano se encontraba cerca de los dioses y de la misma naturaleza, hasta el punto, incluso, de proyectar en ellos sus humanas pasiones) un diálogo con un entorno natural inevitablemente alterado por la presencia y la acción humanas; eso que se ha venido a llamar paisaje antrópico y que está siendo abordado, en los últimos años, por otros fotógrafos desde similares planteamientos al suyo (2). En todos ellos, lo sublime constituye el elemento clave en dicha aproximación, no sólo al conectar con esa tradición inaugurada con el Romanticismo, a partir de la cual el paisaje adquiere relevancia como genuina expresión artística, sino también porque contiene en sí todos esos aspectos emocionales sobre aquello que nos sobrepasa, advirtiéndonos tanto de nuestra vulnerabilidad y pequeñez frente a los complejos fenómenos de la naturaleza, como de la misma fragilidad, también, de una naturaleza a la que estamos sometiendo a una presión insoportable en un momento como el actual, que se presenta acaso, ya, como de no retorno, según los peores pronósticos. La fotografía de autor, especialmente, contribuye así a nuestra creciente conciencia medioambiental, implicándonos emocionalmente.

 

 

* Leticia Varela, ‘Cirrus’. Galería Orfila, del 11 al 30 de julio de 2022. Exposición seleccionada por PhotoEspaña, Festival Off. https://galeriaorfila.com/2021/08/30/leticia-varela/

 (1) E. Zamorano. “Los riesgos de ‘sembrar’ nubes en el cielo para evitar el cambio climático”. El Confidencial, 24/11/2020

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2020-11-24/cambio-climatico-sembrar-nubes-naturaleza_2844419/

 

(2) María Antonia Blanco Arroyo. “Lo sublime en el paisaje antrópico a través de la fotografía actual”. Arbor. Vol. 193, núm. 784. CSIC, 2027.

https://arbor.revistas.csic.es/index.php/arbor/article/view/2196/3001



martes, 21 de septiembre de 2021

JOSÉ JIMÉNEZ SOLER: PINTAR COMO QUERER.

                          Nenúfares. Acrílico sobre lienzo, 81 x 60 cm

“Se ha dicho que el pueblo español no sabe nunca lo que quiere, porque sabe siempre lo que no quiere. Que a fuerza de no saber lo que quiere aprende a saber lo que no quiere. Y en eso consiste el capricho. En esto, el ser, como los niños, caprichoso. El capricho de la voluntad en el hombre, lo más voluntarioso del hombre, es esa infantil arbitrariedad negativa. El hombre, el pueblo, empieza por afirmarse caprichosamente por la negación. Con tal de hacer su voluntad, y por hacerla solamente, puramente, el hombre, el pueblo, se hace, como el niño, caprichoso, voluntarioso. Pintar como querer, es pintar voluntaria o voluntariosamente: caprichosamente. El hombre que hace su capricho hace lo más puramente voluntario que puede hacer, lo más hondamente voluntario. Acaso lo más profundamente humano. Su voluntad santísima. Su realísima gana. Lo más verdadero de su ser.” (José Bergamín, “Pintar como querer. Goya, todo y nada de España”, en Hora de España; 5. Valencia, mayo de 1937)

Esta cita de Bergamín, del que tomamos también, para el nuestro, parte del título de su artículo: aquel dicho popular que alude a la pintura como traslación metafórica de pensar que se van a realizar nuestros sueños y que él, más allá, a través de hábiles retruécanos, convierte en una vindicación de la voluntad y autenticidad humanas (estableciendo un paralelismo entre la obra de Goya y la desesperada defensa del pueblo español, en aquellos momentos, de su libertad), viene que ni pintada para iniciar una primera aproximación al artista José Jiménez Soler, empeñado y voluntarioso como pocos en llevar adelante su vocación, más aún, como es su caso, tratándose de un artista de extracción popular -con las trabas sobrevenidas que ello implica, pero con la verdad por delante del inevitable entrecruzamiento de arte y vida -, que expone estos días sus ensoñaciones y caprichos en Galería Orfila.*

Viene al caso, también, empezar esta presentación mencionando que José Jiménez Soler nació en el pueblo manchego de Villar de Chinchilla (Albacete) el mismo año, 1971, en que su padre, empleado de RENFE encargado del mantenimiento de las vías del ferrocarril y albañil ocasional, comenzó a construir en solitario, con sus propias manos, la casa familiar. Se trata de un edificio ciertamente singular, recogido por Juan Antonio Ramírez en su libro sobre arquitecturas marginales y extravagantes en el estado español (1), que destaca, entre sus peculiaridades, por su extraña techumbre, una suerte de gran pájaro que viene a representar al avión Concorde, de plena actualidad, entonces, en la prensa de aquellos años. Otros detalles constructivos, como las decoraciones geométricas a base de trencadís de cerámica y toscos guijarros, o la semicueva sobre la que su padre, Celestino Jiménez, levantó la casa, la parte del sótano que constituía su refugio personal, donde reunía un conjunto heterogéneo de objetos, desde fetiches personales a vasijas y antiguos aperos de labranza, todos “meticulosamente clasificados”, hasta la extraña raíz de un árbol seco a modo de escultura, demuestran, para Juan Antonio Ramírez, “que el autor de todo esto tenía alma de artista en la línea fantástica del dada y el surrealismo, que era un maestro en la explotación poética del objeto encontrado”. Añadir a ello que compartía tertulia y clases de escultura con otros artistas autodidactas del pueblo, como su vecino, el escultor Ricardo y el pintor Miguel Núñez, que fueron también los primeros maestros de Jiménez Soler, cuando éste, ya desde muy niño, vio despertar su vocación artística. El azar o la suerte quisieron que, una vez interno en un colegio de Albacete, a la edad de nueve años, tuviera como tutor al pintor Pedro Gata, quien se encargo de la continuidad de su formación y le presentó a los primeros concursos de pintura, en los que obtuvo algunos premios, ya en aquellos años.

                     Vivienda de Celestino Jiménez. El Concorde en el tejado. Villar de Chinchilla (Albacete)

Apostando a partir de entonces por desarrollar su carrera artística, que se ve obligado a compatibilizar con otros trabajos a fin de asegurar su sustento, en el año 1997, tiene lugar un encuentro para él de significación muy especial. Éste fue el que se produjo con el pintor y escritor Antonio Beneyto, que, a la sazón, exponía en esas fechas en el Centro Cultural La Asunción, de su ciudad natal. Allí se topa con el artista tumbado todo a largo en un banco de piedra del claustro, al parecer dormido, vestido con una bata llena de manchas de pintura como si fuera una paleta. No duda en presentarse como pintor, pero, inmediatamente, ante las chanzas de los amigos, ignorantes de la pintura, que le acompañaban en ese momento, se disculpa y rectifica, diciendo que, más que a pintar, lo que se dedica es a sufrir. Beneyto le contesta, con sarcástica ternura, reflejando acaso su propio estado de postración: “si sufres, llevas buen camino”; una frase que José Jiménez Soler nunca olvidará y que ha tenido siempre presente.

                                   Foto de Antonio Beneyto

               Homenaje a Antonio Beneyto. Acrílico sobre lienzo, 81 x 76 cm

Pero hablar de Antonio Beneyto, nacido en Albacete, en 1933, y fallecido en octubre del pasado año en Barcelona, ciudad en la que residía desde 1967, supone referirse, además de la pesadumbre compartida con nuestro artista, narrada en esta anécdota -la incomprensión hacia su arte por las gentes y sensación de extrañamiento en la tierra que les vio nacer -, a una afinidad y filiación estética común, pese a las obvias diferencias generacionales y de trayectoria que hay entre ambos, a partir de la cual es posible empezar a desentrañar algunas cuestiones esenciales en la pintura de José Jiménez Soler. Esta no sería otra sino la del Postismo, primera manifestación vanguardista de la posguerra, que, como sostiene Amador Palacios (2), aun circunscribiéndose en su estudio al ámbito literario de este ismo, tuvo una especial prolongación en el tiempo “en muy gran medida a través de autores y eventos castellano-manchegos”, que incorporaron a sus creaciones el espíritu lúdico, imaginativo y hasta cierto punto transgresor que fueron seña de identidad de aquel movimiento. La lista es larga, como lo es también en el caso de los artistas plásticos y el ejemplo de Antonio Beneyto, como Postpostista o Postista de última hora, cuando, en 1970, Carlos Edmundo de Ory lo reconoció dentro de este movimiento -curiosamente, antes como pintor, que por su labor literaria -, viene a mostrar, muy a propósito, el especial arraigo postista en las tierras manchegas, en cuya estela podríamos situar, con las debidas precauciones y tras ciertos matices que se precisarán más adelante, la pintura de José Jiménez Soler. Una afinidad que se sintetiza en estas palabras de Jaime D. Parra refiriéndose a la obra de Beneyto y que, igualmente, pueden servir para caracterizar los principales anclajes creativos de nuestro artista:

El Postismo selecciona el material y no elude la Estética -ni la lógica, ni la moral-. El Postismo se instala en la alegría de los sentidos, en el juego frenético de la imaginación, en la absurdidad inventada, en una lógica interna y técnica, en una estética libre de cánones. En la creación eurítmica. Eutirmia es la conjunción, la interrelación equilibrada de las partes, la armoniosidad. (3)

En efecto, la pintura de Jiménez Soler es de difícil encasillamiento, ya sea en tendencias o incluso lenguajes, pues, justamente, no se atiene a canon alguno, pese a tener como una de sus notas más características esa euritmia o “eutirmia” a que se refiere el autor del texto arriba citado. Si acaso se puede hablar de un surrealismo instintivo, onírico, pero sin las tenebrosidades tan habituales en muchas de las creaciones de aquel movimiento; todo lo contrario. De la misma manera, resulta inexcusable referirse a la abstracción, de algún modo siempre presente en su pintura, incluso en aquellas obras más figurativas, aunque en permanente tránsito y flujo entre una y otras, sin que sea posible hallar solución de continuidad de ninguna clase. Se advierte, eso sí, una suerte de ingenuismo o primitivismo, presente en no poca medida, pero sin que éste tenga nada que ver en absoluto con carencias en el dominio de los recursos de su oficio, ni con los esquemas clásicos del género: la pintura plana, la ausencia de perspectiva, etc. En cambio, quizás no se pueda comprender su pintura sin tener en cuenta este aspecto, que resulta de su negativa a renunciar a sus orígenes, tanto de su creación como los relacionados con su propia vida. Es así como logran tener adecuada cabida la visión telúrica, la constante sorpresa ante una naturaleza viva -plantas, pájaros, insectos, batracios… -, también los páramos de su tierra, como la presencia de una cultura popular, carnavalesca, transgresiva y festiva, un humor satírico, a veces grotesco, mas nunca acre, que es a la vez celebración del optimismo y de la vida, a la que un color esplendente da su temperatura.

                     Paisaje. Acrílico sobre lienzo, 100 x 81 cm

                                  Sapos. Acrílico sobre lienzo, 50 x 60 cm

Este aspecto de lo popular, estudiada por unos pocos autores en relación al Postismo, tal es el caso de los pintores, también manchegos, Francisco Nieva -asimismo escritor y dramaturgo - y, especialmente, Gregorio Prieto, es otra de las cuestiones candentes a través de la que sería posible establecer un vínculo entre Jiménez Soler y aquel modo estético. Elena Saíz Magaña, analizando en concreto la simbiosis de la cultura popular con la de las vanguardias en la obra de Gregorio Prieto, concluye lo siguiente:

La tierras manchegas han dado muchos personajes así, personajes que han intuido, consciente o inconscientemente, cómo lo pintoresco, lo autóctono, incluso “lo paleto”, una base para crear modernidad. Es, en definitiva, “el tiempo suspendido”, lo que es inteligible para todos y lo que conforma un espacio amable. Aquí podríamos incluir a Pedro Almodóvar o a José Luis Cuerda. Pero eso es otra historia. (4)

 Philip Guston. Una de sus pinturas en la Exposición "Philip Guston 1969 1979", Hauser & Wirth, NY 9 sept 30 Oct 2021

                                  Pantasma. Acrílico sobre lienzo, 60 x 81 cm

Y sí, es otra historia. Pues la pintura de José Jiménez Soler, si bien enraizada en las tradiciones tanto vanguardistas, tal la del Postismo, como de la cultura popular, campesina, de su tierra (ese "tiempo suspendido", ese "espacio amable"), es ante todo hija del tiempo presente y su hora universal, siendo la de transvanguardista su calificación más adecuada. De este modo, aún sería posible fijar otros paralelos, si bien lejanos de la latitud en que habita, quizás excesivamente osados o aventurados, pero que, intuitivamente, nos pueden ayudar a hacernos una idea más cabal de su creación. Es el caso del pintor norteamericano Philip Guston, en concreto su giro hacia al tipo figuración primitivista que desarrollará a partir del año 1970 y que, en aquel momento, le acarreó una abrupta ruptura con sus antiguos correligionarios expresionistas abstractos de la Escuela de Nueva York. Para Guston, el arte abstracto se había convertido en un “estilo”, en algo “falso”, una evasión ante los acuciantes problemas sociales como la discriminación racial, la guerra y la violencia que aquejaban a su país en aquellos años y que tratará de reflejar en su obra retornando, también, a sus raíces, de alguna forma a la pintura influida por el realismo social y el cómic que había realizado en los años 30, durante su infancia y primera juventud, cuando varios de los miembros de su familia judía fueron víctimas del Ku Klux Klan. Un primitivismo, no exento en ocasiones de humor, en el que, pese a su crudeza, es posible advertir, a veces, en los trazos de su pintura casi en bruto y algún que otro tema -descampados, basureros, claustrofóbicos muros de ladrillos, insectos…-, resonancias o ecos -aunque los de Guston sean más urbanos y desencantados - en la pintura “ingenua” de José Jiménez Soler.


* Exposición de José Jiménez Soler. Galería Orfila, Madrid. Del 6 al 25 septiembre de 2021

 https://galeriaorfila.com/2021/08/30/jose-jimenez-soler/

(1) Juan Antonio Ramírez, “El Concorde en el tejado. Villar de Chinchilla (Albacete)”, en Escultecturas margivagantes. La arquitectura fantástica en España. Ed. Siruela, Madrid, 2006, pp. 405-409

 (2) Amador Palacios, El pie en la alimaña (Castilla-La Mancha y la literatura de vanguardia). Toledo, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, 2007.

 (3) Jaime D. Parra, “Beneyto, un creador postista”, texto en el catálogo de la exposición Beneyto Els Noranta. Pintures i Escultures (Sales Municipals d'Exposició, Girona, marzo-abril de 1996).

 (4) Elena Saíz Magaña, “Las otras miradas. Lo popular en el mundo de Gregorio Prieto”. Cuadernos de Estudios Manchegos; 37. 2012. pp. 115-123

 




 




 

LETICIA VARELA: ‘CIRRUS'. FOTOGRAFÍAS DE LO SUBLIME.

    'Ker'. 2018. Fotografía impresión en dibond, 80 x 60 cm                                  «El mejor destino que hay es el de su...